martes, 1 de enero de 2008

Reflexiones

ACERCA DEL VALOR DE LA HUMILDAD

Jorge Meléndrez

La humildad es un valor moral cuyas raíces habría que buscarlas en la verdad porque ayuda a las personas a contener la necesidad de hacer gala de sus virtudes o cualidades ante los demás, y por lo mismo, una virtud escasa y poco practicada. De hecho, los humanos preferimos parecer arrogantes antes que humildes, pues la práctica cotidiana, en una sociedad desvalorizada como la nuestra, ser humildes significa parecer o ser menos ante los demás, cuando en realidad es todo lo contrario. Una persona que vive la humildad hace el esfuerzo de escuchar y de aceptar a todos. Cuando más aceptamos, más se obtendrá el cariño y reconocimiento, porque una palabra dicha con humildad tiene el significado de mil acciones agradables.

Humildad es aceptar las cualidades con las que nacemos o desarrollamos, desde el cuerpo hasta las posesiones más preciadas. Por tanto, debemos utilizar estos recursos de forma benevolente y generosa. Ser humilde es dejar hacer y dejar ser, si aprendemos a eliminar la arrogancia, reconoceremos las capacidades físicas, intelectuales y emocionales de los demás. Por tanto, el signo de la grandeza es la humildad. La humildad permite a la persona ser digna de confianza, flexible y adaptable. En la medida en que somos humildes, adquirimos grandeza en el corazón de los demás.

En cierta ocasión, se le preguntó a un grupo de personas representativas de una sociedad como la nuestra acerca del significado de la humildad, y fue interesante descubrir que lo que dijeron bien podía haber sido la respuesta a la pregunta: ¿qué es la baja autoestima?, pues la gran mayoría contestó que la humildad consiste en sentirse uno menos que los demás, o dejar que otros lo mangoneen o manipulen, o pensar que uno no vale nada, o negar las propias cualidades para no creerse mucho.
Ante estas respuestas generalizadas, se puede entender la razón del por qué a la mayoría de la gente eso de ser humilde no se le antoja en lo absoluto, claro, porque piensa que es sinónimo de volverse un cero a la izquierda o ponerse de tapete para que otros lo pisoteen, lo cual definitivamente no suena atractivo en un mundo en el que los padres se la pasan animando a sus hijos a ser mejores que los demás; los maestros empujan a los alumnos a destacarse por encima de sus compañeros, y en general en los medios laborales, sociales, deportivos, culturales, se favorece que se luche por superar a otros, por dominar a otros, por lucir las propias cualidades y aprovecharlas para escalar posiciones. Parece que eso de la humildad no cuenta con muchos adeptos.

La falta de humildad se manifiesta de muchas maneras, sin embargo, cotidianamente podemos advertir algunos rasgos característicos que afloran en las personas que carecen de este importante valor moral, y todo por el simple hecho de no parecer menos ante los demás. Así, podemos encontrar personas arrogantes, que van por la vida sintiéndose que valen más que los demás, y lo que es peor, están convencidos de que así es y actúan en consecuencia. Por lo general, los arrogantes son a la vez altaneros y soberbios y con seguridad detestan a los humildes por considerarlos poca cosa.

La soberbia es también un vicio humano contrario a la humildad, tanto que es considerada como uno de los siete pecados capitales ya que se manifiesta en las personas que sobrevalúan su valor mediante una autoestima exagerada o amor propio indebido, con lo cual buscan renombre y con ello llamar siempre la atención. Se manifiesta también como un orgullo excesivo auto destacando sus propios logros, sin advertir que siendo humildes, estos le serían más fácilmente reconocidos por los demás.

Una persona que tiene arraigado el ego del orgullo, como valor contrario a la humildad, por lo general actúa siempre con aires de superioridad, haciendo menos a los demás y buscando notoriedad aún a costa de lastimar a quienes lo rodean, buscando incluso con prepotencia, un protagonismo que en muchas ocasiones lo único que refleja es la gran ignorancia que padece. Cada vez que una persona actúa con superioridad o humillante condescendencia para con los demás, es que ha caído en el orgullo. El orgulloso no puede ver que otros brillen más y a toda costa, protagoniza para ser el único actor de la película.
Esta es la razón por la que el protagonismo es también una manifestación indiscutible de la falta de humildad, y se manifiesta como una manía persistente de sentirse el centro de la atención social. Es en realidad una obsesión de ser reconocido como la persona más calificada y necesaria en determinada actividad, independientemente de que se posean o no méritos que lo justifiquen. La ilusión por ser reconocidos como el personaje principal de su entorno social, mueve a la ficción de simular ser lo que no se es, hasta llenar ficticiamente sus vacíos vivenciales, bajo el disfraz de que si los demás no valoran sus méritos, es válido que los manifieste, sin darse cuenta que de esta manera se le percibe como una persona altamente egoísta.
Así es como actúan los egoístas y sus mismos vacíos existenciales les inducen a jactarse de grandeza, de popularidad o de ensoberbecimiento, en la enajenante esperanza de un mañana en el que pudiera protagonizar el papel de ser el héroe o la heroína de las películas y telenovelas preferidas. JM Desde la Universidad de San Miguel.
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